El cielo de Punta Quebracho se abrió primero como una escena suspendida. Desde lo alto, la bandera argentina descendía en manos de paracaidistas mientras el silencio inicial del público se quebraba en aplausos. Debajo, sobre las barrancas del Paraná, comenzaba a tomar forma una ceremonia que no es sólo un acto: es el retorno de una historia que, durante décadas, permaneció en los márgenes y que hoy busca ocupar el lugar que le corresponde.





